La libertad,Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos

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    Anotaciones y apuntes de un aficionado

    © Maldivas.julio leal

    En el Indico

    Bajo una luz rojiza y gélida, la Luna observaba el Índico con la paciencia de quien espera el final de una sentencia

    El océano acababa de escupir sobre la arena su presagio final: una amalgama de pertrechos destrozados, fragmentos de hierro retorcido y cuerpos que, hasta hacía apenas unas horas, ignoraban el alcance silencioso de un acero extranjero. El mar lo había entregado todo de una vez, como si después de la violencia de la noche ya no tuviera fuerzas para seguir guardando secretos.

    El silencio que siguió fue más perturbador que la explosión.

    Primero llegó el olor. Gasóleo mezclado con salitre, un aroma espeso que el viento arrastraba desde el lugar del impacto hasta la costa. Después comenzaron a aparecer los restos: tablones astillados, cajas abiertas por la sacudida, cabos sueltos que flotaban como serpientes dormidas. Más tarde, casi con una delicadeza insultante, las corrientes de Kandu e Irubai empezaron a mecer los cuerpos, arrastrándolos lentamente hacia la orilla como si el océano quisiera depositarlos allí con una ceremonia silenciosa.

    Un torpedo había dictado la sentencia.

    Pero era el mar quien ejecutaba ahora el veredicto.

    Bajo la mirada impasible de la Luna, el océano devolvía lentamente aquello que ya no podía ocultar. Como si, tras la furia del impacto, hubiese comenzado el paciente trabajo de restitución: lo que pertenece al mar vuelve al mar, y lo que el mar rechaza termina siempre regresando a la superficie.

    ¿Quién sobreviviría para contar lo que la Luna ya sabía?

    Nada permanece oculto bajo una luna de sangre.

    El océano, exhausto tras la violencia de la noche, continuó entregando los despojos del naufragio. Entre fragmentos de metal ennegrecido y trozos de madera desgarrada, los cuerpos flotaban como advertencias silenciosas lanzadas desde el abismo. El impacto del torpedo había sido breve, casi instantáneo. Pero el lento trabajo de la marea devolviendo aquellos restos a la costa parecía prolongarse fuera del tiempo, como si la noche se resistiera a terminar.

    Las olas seguían llegando una tras otra, con la obstinación de quien cumple una tarea inevitable.

    Nada quedaba ya oculto.

    La Luna lo veía todo.


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